
Garrapata
Sentía un estridente picor en la nuca, de esos que persisten sin remedio, que parecen no tener cura y acaban sacándote de quicio. Que te sumen en una intranquilidad, en un desasosiego sin fin, en bucles infinitos en los que el acto nervioso de rascarse no hace más que empeorar las cosas. Tenía algo pegado, observando cada uno de mis movimientos de una forma tan descarada, prejuzgando cada paso, interpretando de manera torcida y retorcida cada palabra, cada gesto... buscando intrigas imposibles, bautizándome con un nombre que no poseo, tiñendo la realidad y pasando por encima de ella sin ningún pudor...
No te veo, no te siento, no estás y desde luego no pienso entablar un diálogo de besugos contigo. Para qué.
Pero ahí sigue como un chicle enmarañado en mi pelo, sembrando tempestades en mi estómago, y poniendo en cada esquina espinos que me obligan a caminar siempre heciendo equilibrios en una cuerda floja.
Pégate a la masa y sucumbe a sus caprichos. Conviértelos en los tuyos. No te has dado cuenta todavía que sólo quiero que me dejes en paz. Olvida este absurdo juego y compite al parchís... Puede que sea más útil.
He llegado a pensar incluso que había abandonado por siempre mi cabeza, pero cuando bajo la guardia ahí está de nuevo esa repugnante garrapata puñetera.












Comentarios
jmberberana Sáb, 31/07/2010 - 16:10
Contra las garrapatas invertebradas, aplicar un algodón impregnado de aceite de oliva. Para otro tipo de garrapatas de dos patas, lo mejor es ignorarlas y que se chupen la sangre entre ellas.
Enviar un comentario